Resurgir de la economía campesina, lo positivo de la pandemia

“Bogotá tiene una deuda histórica en la creación de programas y proyectos específicos para esta población y, justamente, en el nuevo Plan la gran sorpresa es que la ciudad va a tener cinco programas para la ruralidad”, dice el experto en territorio Manuel Pérez.
Resurgir de la economía campesina, lo positivo de la pandemia

Es imposible que una pandemia mundial que afecta a toda la población de la tierra y que modifica todas las reglas y estilos de vida, no deje grandes enseñanzas. Uno de los mayores aprendizajes que hasta el momento ha dejado el Covid-19 es el reconocer la importancia del campo y de la economía campesina, como fuentes principales de abastecimiento.

El campo ha sido marginado, dañado y hasta olvidado, pero la situación actual nos ha obligado a voltear la mirada nuevamente hacia el campo, su cuidado, fortalecimeinto y hasta a la ejecución de estrategias que permitan el desarrollo territorial.

El diario EL TIEMPO habló con el director del Departamento de Desarrollo Rural y Regional de la Facultad de Estudios Ambientales y Rurales de la Pontificia Universidad Javeriana, Manuel Enrique Pérez, quien además de ser sociólogo, tiene un doctorado en estudios territoriales. Aquí el diálogo:

Tomado de: El Tiempo

Por: Ana María Montoya Z.

“¿Qué ha develado la pandemia para la ruralidad?

La pandemia nos está haciendo revisar las políticas, revisar la normatividad y reconocer que es el campesinado el que está salvando este proceso. La ausencia más grande en este momento es el aseguramiento que hay en la inversión para la zona rural, y esa inversión debe ser para que, por ejemplo, el campesino que se traslada a la ciudad tenga condiciones de bioseguridad, acompañamiento, crédito para poderse movilizar y asegurarse de que el traslado no va a poner en riesgo su vida, pues si se contagia, va a llevar el virus a la zona rural. Además, nos está poniendo a pensar a futuro en un cambio estructural en el desaceleramiento de la economía a gran escala, esto está reviviendo la economía campesina, que es más lenta y está ligada a los ciclos de la naturaleza y a formas culturales. Esto tiene que servir para establecer vínculos más sólidos con las zonas rurales y sus pobladores.


¿Cómo darle una mano a la economía rural?

Tenemos que facilitarle a alguien que vive en la ciudad la conexión con alguna familia campesina en algún sector cercano para comprar los alimentos, y tener la seguridad de que lo que está comprando viene del campo en condiciones sanas, de salubridad, de higiene, de calidad e inocuidad, y de esta forma romper la gran y eterna condición de la economía campesina de dependencia de los intermediarios. Si hacemos circuitos cortos, se activarán unas economías más rápidas, asegurando que ese dinero que pago se lo doy directamente al productor, eso es dinamizar enormemente la economía del campo.

¿Cómo está Bogotá en términos de ruralidad?

Ha ocurrido un fenómeno interesante, en los años 90, en el borde sur de la ciudad, cuando aparecieron los campesinos alegándole a la ciudad la idea de la privatización de los acueductos veredales, y desde ahí la ciudad empieza a notar que hay campesinos dentro de su territorio.

Pero solo hasta el 2007, se diseña un plan de abastecimiento de alimentos para responder a la demanda de la ciudad. Ese año, lo primero que hicieron fue identificar qué áreas rurales se encuentran dentro de la ciudad y esa fue la primera vez que en un POT se reconoce que de las más de 166.000 hectáreas que componen el suelo de la capital, 122.000, es decir, el 75 %, corresponden a suelo rural vinculado a la estructura ecológica y el 25 % restante, de uso urbano. Además, de las 20 localidades, ocho tienen suelo rural. En ese momento se diseña una estrategia para incluir a esos territorios, eso fue solo hace 13 años.

¿Cómo le fue al campo en el nuevo Plan de Desarrollo?

El nuevo Plan reconoce los espacios rurales, eso es importante porque hay una deuda histórica sobre esos territorios. Bogotá tiene una deuda histórica en la creación de programas y proyectos específicos para esta población y, justamente, en el nuevo Plan la gran sorpresa es que la ciudad va a tener cinco programas para la ruralidad; el primero es que propone un enfoque territorial para la zona rural de Sumapaz, eso es absolutamente novedoso, y también lo hace para el borde sur occidental, en límites con Soacha. Además, hay ofertas turísticas y un patrimonio arqueológico sin precedentes con pueblos indígenas muiscas. Otro elemento importante que también incluye el Plan de Desarrollo es que se reconoce como un espacio eminentemente ligado a la tradición campesina, y también es importante que fortalece la institucionalidad, ligada a pensar el desarrollo de estas zonas con una Gerencia para la Planeación del Desarrollo Rural Distrital, entidad que estará encargada de tres servicios estratégicos: preservación de los ecosistemas de biodiversidad, restauración de áreas degradadas, generación de estrategias sostenibles para la colaboración en la economía campesina.

¿Qué pasa con la urbanización informal?

Lo que sucede es que esto afecta a la sostenibilidad de las zonas rurales, esto tiene un impacto enorme y más sabiendo que estas zonas tienen una estructura ecológica bastante frágil. En Bogotá hay ausencia de modelos de gobernanza para la protección de las personas que se desplazan a las periferias, y además hay una estrategia perversa de los urbanizadores piratas que rompen la continuidad de la estructura ecológica de los cerros orientales para venderlos a bajo costo, y estas zonas son en realidad espacios de preservación y conservación de recursos naturales. Evitar que esto pase amerita una revisión sobre las políticas migratorias en la ciudad de Bogotá, una reflexión sobre el control de los asentamientos informales, también falta conciencia en términos de no romper los ciclos ecológicos que hay allí.

¿Hay solución?

Claro, justamente en la zona de San Cristóbal, al sur de la ciudad, hay iniciativas que si bien fueron originadas por los procesos de ocupación informal, hoy son comunidades que están construyendo las figuras de los ecobarrios, en donde se busca que haya una funcionalidad entre el habitar y el consumir; hay estrategias de agricultura urbana, de mejoramiento de condiciones del paisaje y todo esto para pensarse el borde de la ciudad de una manera más funcional, más equitativa y mucho más enriquecida sobre soluciones que están basadas en la naturaleza. Bogotá tiene todas las condiciones para ser una ciudad referente a nivel latinoamericano en términos de sostenibilidad. Tenemos los cerros Orientales; tenemos el páramo de Sumapaz, que es el más grande del planeta, pero las políticas han sido muy lentas o poco efectivas porque hay un distanciamiento muy grande entre los habitantes urbanos y sus periferias.


La gente está migrando al campo. ¿Qué impacto tiene esto?

Es el gran fenómeno y lastimosamente se produce en medio de unas condiciones de ilegalidad muy grandes en donde muchos suelos que eran rurales, dedicados a la agricultura, fueron destinados a la construcción; y esto es un fenómeno que se da en todos los municipios cercanos a Bogotá, áreas en donde se cultivan alimentos y de un momento a otro fueron transformadas en proyectos de desarrollo inmobiliario.

¿Hay un lado positivo?

Esto va a ser todo un reto. Implica nuevas demandas en servicios. Esto es positivo porque va a hacer que lleguen más oportunidades al campo: salud, educación, infraestructura, todo esto se produce en función del crecimiento poblacional en las zonas. Una de las cosas que pasó en la pandemia es que nos hemos dado cuenta de que el teletrabajo es una opción, y que podemos vivir en Sopó, así trabajemos en Bogotá. La pandemia nos está poniendo desafíos en términos de ocupación y planificación. Necesitamos vías de acceso, y es imprescindible pensar en reconocer la sostenibilidad del suelo rural y sus pobladores, para desde allí constituir estrategias de planeación y ordenamiento territorial que avancen en el ensamble entre lo urbano y lo rural.”

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